Sam Francis (Americano, 1923–1994) fue una de las figuras clave de la pintura estadounidense de posguerra. Nacido en el norte de California, se alistó en el Cuerpo Aéreo del Ejército durante la Segunda Guerra Mundial, experiencia que marcaría decisivamente su vida y su trayectoria artística. Fue durante la recuperación de una grave lesión de columna, sufrida en un entrenamiento, cuando se acercó por primera vez al arte. Postrado en cama durante casi tres años, recurrió a la acuarela como una forma de terapia, y hacia 1946 decidió dedicarse plenamente a la pintura. Las cualidades de este medio acuoso influirían en su obra, incluso en la pintura al óleo, durante toda su carrera.
En 1950 se trasladó a París, ciudad que él mismo denominó su «ciudad madre», y donde se consolidó como uno de los grandes pintores de la luz y el color. Durante su estancia en la capital francesa realizó una serie de grandes murales, una tradición que consideraba distinta de la pintura y que le ofrecía mayores posibilidades de espacio y movimiento. A partir de entonces, su práctica artística —desarrollada indistintamente sobre papel y lienzo— se caracterizó por una investigación constante del color entendido como energía vital.
Tras una primera etapa dominada por gamas oscuras y por un uso expresivo del negro, Francis alcanzó reconocimiento internacional con obras emblemáticas como Big Red (1953), incorporada a la colección del MoMA, que consolidaron su posición en el panorama artístico internacional. Desde mediados de los años cincuenta, su lenguaje evolucionó hacia composiciones de mayor amplitud formal y cromática, en las que el azul se convirtió en uno de sus ejes fundamentales, bajo la influencia de Monet. Las series posteriores y los encargos murales internacionales confirmaron su dominio
del gran formato y su capacidad para articular espacios abiertos, en los que el centro del cuadro permanece deliberadamente libre como núcleo de experiencia para el espectador.
Marcada por una constante lucha contra la enfermedad, la obra tardía de Sam Francis intensificó el color y la carga emocional, reafirmando hasta el final una concepción de la pintura como celebración de la energía vital. Su producción final, realizada poco antes de su muerte, confirma una trayectoria de extraordinaria coherencia y una voluntad creativa que lo sitúan entre los grandes pintores del siglo XX.